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Location: Instituto de Ciencias de la Tierra, Universidad Austral de Chile - Casilla 567 - Valdivia, Chile

Saturday, November 18, 2006


EL VALLE DEL CAUCA Y DOS INOLVIDABLES AMIGAS

El valle del Cauca es otro de esos paisajes colombianos imposibles de olvidar. Recorrerlo desde Manizales hasta Cali junto a 4 compañeros del curso, luego de una larga noche de estrecha confraternidad latinoamericana, implicó unas 4 o 5 horas de viaje por una muy buena carretera y a través de un paisaje realmente lindo, atravesando tierras de cultivo y de ganadería con un vehículo contratado para tal efecto. Pasamos por la periferia de ciudades que muchos me habían recomendado conocer (Pereira, Cartago, Armenia), visita que he debido postergar hasta algún próximo viaje a Colombia. Varias ciudades más chicas y pintorescos pueblitos de nombres sonoros y alegres nos vieron pasar. En algunos nos detuvimos a descansar y a tomar un refrigerio. Ya en las cercanías de Cali, y estando en el corazón del valle del río Cauca (creo que por Buga o Palmira), no pude sino recordar la novela más romántica que leí en mi adolescencia: María, de Jorge Isaacs.

Mientras a través de la ventanilla lateral delantera yo efectuaba una “cacería” de imágenes a altas velocidades de obturador con mi VIVITAR, en el asiento trasero se dormitaban los efectos de la animada y larga noche de rumba y confraternidad latinoamericana. A mi lado, el geógrafo mexicano Alvaro “Manito” Palacio también rendía su habitual alegría al sueño. Si yo no los acompañaba en el descanso era sólo porque las ansias de devorarme ese paisaje fascinante eran superiores a mi sueño.

Mi ilustre amigo caraqueño, sentado privilegiadamente entre las dos chicas, despertaba de vez en cuando y soltaba un chiste rápido, uno de sus célebres cuentos cortos, o una exclamación ingeniosa y divertida, y caía luego nuevamente en los brazos de Morfeo (…….. bueno, a veces caía en los hombros de Patricia o Isabel, y viceversa).

Isabel Siria Castillo es una morena alta y alegre, una nicaragüense que me tocó en suerte tener como amiga en el juego aquel del “amigo secreto” que se nos ocurrió practicar durante unas semanas en el Instituto Geográfico con motivo del Día de la amistad, que allá se celebra en septiembre. Isabel nunca supo cómo fue que descubrí que era mi amiga secreta…. pero mientras duró el jueguito aquel, y antes que la descubriera atando cabos por aquí y por allá, me mantuvo siempre con la curiosidad de saber quién era la que me enviaba con fieles emisarios (as) misteriosas notas con mensajes alegres, optimistas y hasta elogiosos hacia mi persona, y galletas y “ponqués” a la hora del infaltable café tinto o perico durante los recreos. Al despedirnos en Bogotá durante la ceremonia de clausura del curso, con el último abrazo le susurré al oído que yo había descubierto que era ella la misteriosa persona aquella, y que la linda camisa que fue su regalo final la conservaría con los más hermosos recuerdos. Sus enormes ojos sonrieron, aún durante la emoción del adiós; no me dijo nada, pero con su contagiosa risa lo admitió. En Colombia Isabel siempre estaba añorando a su adorado Mijail, y siempre nos hablaba de él, pero compartía generosamente su alegría de vivir con todos, y era la más entusiasta en participar en todo aquello que organizamos durante esos meses.

Patricia Morrell, una marplatense singular, poseedora de una silenciosa ternura, prodigaba amistad sincera desde la quietud de su persona. En ese tiempo me llamaba la atención su sorprendente y genuina sencillez. Casi se diría que debía esforzarse mucho si hubiese querido llamar la atención. Con el transcurso del tiempo fue forjándose en nosotros el convencimiento de que su callada dulzura y bondad era una de las más importantes razones que mantenían la magnífica y evidente cohesión del grupo. Y en los años transcurridos desde entonces he sido privilegiado con su amistad a toda prueba. Mi amiga argentina fue pieza clave en mi postgrado, ya que cuando los problemas personales, el agotamiento físico y emocional, y ciertas decepciones vitales hacían peligrar seriamente su término, desde la costa Atlántica se encargó de animarme y enseñarme soluciones, en una comunicación fluida y emotiva, que culminó con un ansiado reencuentro en Mar del Plata en septiembre de 2002, y otro más un año más tarde.

Siempre recordaré una conversación que sostuvimos con Patricia, Isabel, Álvaro y José Antonio en la Terminal Rodoviaria de Cali. Comenzamos entonces a vislumbrar lo que sería la despedida al finalizar el curso un mes después, cada uno retornando a su respectivo país, después de esos meses en que compartimos diariamente tantas horas de estudio y esfuerzo, pero también muchas horas de distracción y de cultivar una hermosa amistad. Miraba a mis queridos amigos. Todos pensábamos en lo mismo. Observé a Patricia y vi en sus ojos algo muy parecido a una angustia anticipada, y una pregunta silenciosa que se suponía yo debía saber responder, ya que había pasado por esa experiencia durante mi anterior estadía en Colombia. Pero no la pude contestar, porque yo mismo no había alcanzado todavía a reponerme de la despedida de dos años atrás en esa misma hermosa tierra………..

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